Artículo | Arlequín el Periódico de mi colegio - Recuerdos de una época mágica

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Eloisa Reyes | Creo que una de las etapas más importantes en una vida es la niñez. Es esa etapa en la que vives el momento sin pensar en el mañana, te diviertes sin darte cuenta del paso del tiempo, no necesitas reloj ni hacer planes, aprendes cada día algo nuevo, empiezas a entablar amistades que pueden durar toda la vida… A veces y al menos durante algunas horas, me gustaría regresar a este tiempo.

Últimamente he visitado con cierta frecuencia el colegio en el que yo estudié, el Colegio Público Virgen del Rocío, debido a que mi hija irá el próximo curso a este centro escolar, por lo que he recordado viejos rincones hoy pintados de añil en los que jugaba al “manrio” o al “elástico”, viejas amistades a las que por fortuna sigo teniendo muy cerca y momentos muy entrañables en los que, por supuesto, tienen cabida aquellos maestros que dejaron huella como por ejemplo el fallecido don Luis Barrachina, esa gran persona que fue mi maestro de EGB (DEP).

Si mal no recuerdo, entré en el colegio en 1987, cuando los mandos de los televisores eran cosa poco vista y tener un walkman era el no va más. El edificio de “parvulitos” tenía un inmenso desierto de arena en el que nos pasábamos los recreos haciendo “tostones” a base de agua y tierra, perfectamente redondeados a base de minúsculas manos amigas que cooperaban con el único objetivo de que los mayores no lo destrozaran y llegara al día siguiente. Era motivo de celebración ver a las nueve menos cinco del día siguiente un “tostón” intacto. Debo admitir que cuando asfaltaron el patio nos quitaron parte de nuestra diversión, aunque para más de una madre supuso un alivio el no tener que lavar tanta ropa polvorienta.

El paso al “cole de mayores” fue una aventura trepidante; una mezcla de curiosidad y respeto unida a una gran responsabilidad, porque tendríamos asignaturas con nombres tan raros como “Naturales” o “Inglés”. El patio delantero tenía un huerto en el que llegamos a recolectar zanahorias y el patio trasero era un gran feudo en el que cada curso tenía asignado su territorio. El mejor campo de juego siempre era el de los mayores, por eso los de sexto miraban de reojo a final de curso a los de séptimo, pues por poco tiempo ocuparían por herencia su estadio. Recuerdo, en la hora del recreo, el quiosco ambulante que vendía esos Bollycaos tan ricos con pegatinas de los “Toy”, las aglomeraciones en la reja con la monedita de cinco duros bien apretada en la mano y la indecisión entre el chicle Boomer de fresa ácida o el de clorofila.

Ya dentro, en las aulas, había maestros más permisivos que otros, maestros con los que aprendí nociones que aún hoy tengo presentes, maestros que nunca olvidaré y maestros de los que no recuerdo grandes enseñanzas. Las mejores noticias que podían darnos tenían palabras como “excursión”, “dibujo libre” o “vacaciones” y las peores “examen” o “cate” (no del verbo catear, sino de “capón”). De la misma forma, los compañeros de clase se convirtieron, muchos de ellos, en buenos amigos que hoy siguen estando muy cerca y a los cuales considero como de la familia. En esta especie de mirada hacia atrás veo imágenes analógicas, fotografías hechas con cámaras de carretes de niños y niñas que crecimos sin Whatsapp, sin Internet, sin Wifi, sin miedo al sexting o acoso a través de las redes sociales y no puedo dejar de tener cierta inquietud por la época que les ha tocado vivir a los que en breve comenzarán a vivir esa etapa.

Mi colegio, que ahora es centro TIC, bilingüe, está en las redes sociales y hasta tiene un blog para su biblioteca, ha puesto al alcance de todos algunos ejemplares de los años 1993, 19941995 y 1996 de aquel fantástico periódico llamado Arlequín. Aquel prototipo se hizo eco en su día de eventos de una gran importancia en nuestro pueblo, como por ejemplo la llegada de los semáforos. Sinceramente, me ha emocionado volver a ver esas letras, esos dibujos, esas incipientes redacciones infantiles llenas de ilusión y empeño. Agradezco desde aquí esa iniciativa y alabo la paciente labor de escanear cada una de aquellas hojas que durante años han dormitado en los archivos.


El formato de Arlequín era tan sencillo como su contenido: se componía de unos cuantos folios grapados, pero el contenido salía del corazón de los maestros y los niños que lo confeccionábamos y lo coloreábamos con suma delicadeza antes de enseñárselo a nuestros padres. El encanto de las adivinanzas, los pasatiempos, las caricaturas, garabatos o esbozos de dibujos a mano alzada no será sustituido jamás por ningún icono ideado por ningún programa informático. De vez en cuando, volvería a esa época…
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